FRAGMENTO DE OLVIDADO REY GUDÚ DE ANA MARÍA MATUTE
Ondina
del Fondo del Lago habitaba desde hacía cuatrocientos treinta años en el más
bello lugar del Lago de las Desapariciones. Ondina era de una belleza
extraordinaria: suavísimos cabellos color alga que le llegaban hasta la
cintura, ojos largos y cambiantes como la luz, que iban del más suave oro al
verde oscuro, y piel blanco-azulada. Sus brazos ondeaban lentamente entre las
profundas raíces de las plantas, y sus piernas se movían como las aletas de una
carpa. Una sonrisa fija y brillante, que iba del nacarado de la concha al rosa
líquido del amanecer, flotaba entre sus labios. Cualquier humano hubiera
sentido una gran fascinación al contemplarla en todos sus pormenores, excepción
hecha de las orejas, que, como todas las de su especie eran largas y
puntiagudas en extremo, aunque de un tierno color, entre sonrosado y oro.
A pesar de ser nieta de la Gran Dama del Lago,
no poseía ni un ápice de su sabiduría, ni siquiera un granito de mínima
inteligencia -como ocurre con frecuencia entre las ondinas-. Por el contrario,
era de una tal dulzura y suavidad, y emanaba tal candor, que su profunda
estupidez podía muy bien confundirse con el encanto y hechizo más conmovedores.
Como toda ondina, era caprichosa en extremo, y su gran capricho era su
Colección del Fondo, donde había cultivado con primor su jardín de los verdes
intrincados. La colección de Ondina consistía en una ya nutrida exposición de
muchachos jóvenes y bellos, comprendidos entre los catorce y los veinticinco
años. Le gustaban tanto, que a menudo arrastrábalos al fondo y allí les
conservaba sonrosados e incólumes, gracia al zumo de la planta maraubina que
crece cada tres mil años entre las raíces del agua. Pero se cansaba pronto de
ellos, pues por más que los adornara con flores lacustres, y coronara sus
cabezas con toda clase de resplandecientes piedrecitas, y acariciara sus
cabellos, y besara sus fríos labios, ellos nada le decían ni hacían; de suerte
que necesitaba siempre más y más muchachos para distraerse con variedad.
A
veces, aproximándose cautelosamente a las orillas del lago, había visto cómo
jóvenes parejas de campesinos se acariciaban y besaban mutuamente y esto la
llenaba de envidia. Así se lo había confesado en más de una ocasión a los
trasgos, que, compadecidos, a veces, empujaban muchachos al fondo. Entre estos
se contaba el trasgo del Sur, al que había confiado su caprichosa obsesión.
"Eso es una tontería - le decían los trasgos-. Decídete a tomar por esposo
a cualquier delfín de los que pululan por las costas del sur y déjate de esos
caprichos. Teniendo en cuenta tu juventud, puede perdonársete, pero anda con
cuidado no se entere su abuela: ella no tolera contaminaciones humanas, y sólo
con ahogados puedes juguetear sin peligro." "Así lo haré -decía ella
entonces, compungida-. Prometo no olvidarlo." Pero como era estúpida hasta
los más remotos orígenes de su sustancia, no sólo lo olvidaba, sino que
persistía en el peregrino deseo de recibir caricias y besos de hombre vivo.
"Pero ¿para qué? - le preguntaba el Trasgo del Sur, que desde sus
libaciones y dada su instalación en el Castillo, cuya zona Norte lamía las
aguas del creciente Lago, mantenía grandes charlas con ella-. No veo la razón,
pero así es."
Y
en éstas estaba cuando el Trasgo se acordó oportunamente de ella, de su cándida
naturaleza y de su insensato capricho. Así eran las ondinas, se decía. Otra
había conocido, en el Sur, encaprichada con los asnos, y otra también, más al
Este, que tenía predilección por los soldados de barba roja. Todo podía
esperarse de una ondina, menos cordura.
Esperó
noche propicia -esto es, en creciente-, y horadando los entresijos de la
tierra, abrió un pasadizo hasta el Manantial del Lago.
-Hacía tiempo que no venías, trasgo del sur-
dijo Ondina, que le prefería, sin saberlo, por el tufillo humano que iba
lentamente apoderándose de él. Me gustará enseñarte el último que ha entrado.
Me lo enseñó el trasgo de la Región Alamanita, y es muy hermoso. Aún no me he
cansado de adornarle: mira, le puse caracolas en las orejas, ramitos de maraubina
por todas partes, y aquí está la perla que me regaló una ostra del Mar Drango.
¿Qué más puedo hacer ahora, para no aburrirme?
El
trasgo contempló pensativamente a un jovencito de cabello oscuro y tez dorada
aunque con expresión de espanto, pues no había tenido tiempo de cerrar los
ojos. Le pareció el colmo de la fealdad y ridiculez, pero se calló sus
opiniones, para bien conquistar a Ondina.
Miró
con recelo de un lado a otro, y al fin musitó:
-¿No
esperas la visita de la Gran Dama, verdad?
-Oh
no-dijo ella-. Está demasiado ocupada preparando el próximo deshielo. No ha
visto los tres últimos, y aunque no le gustan demasiado, dice que si me
contento con ahogados, nada tiene que reprocharme.
-Pues bien, he pensado mucho en ti, hermosura
-dijo el Trasgo-. Y se me hace que alguna solución hallaremos, sin que incurras
en enfados de tu maravillosa Abuela que tanto Respeto me Inspira -pues para
hablar de ella sólo podía utilizar palabras con mayúscula.
-¿De veras? -exclamó Ondina, con sumo
interés-. Dime, Trasgo del Sur.
-La cosa es que te ofrezco una oportunidad:
hemos encontrado un bebedizo que te permitirá tomar forma humana, por breve
tiempo -a lo sumo diez días-, sin peligro de contaminación. Claro está que si
prolongas esta forma humana solo un minuto más, tu contaminación se produciría,
y de forma tan peligrosa que la cosa remedio no tendrá. Pero como eres
caprichosilla, tengo para mí que más de dos días no te van a divertir los
muchachos humanos, con los que podrás retozar a gusto durante ese tiempo. Y
así, el peligro se alejará, con gran ventaja para ti: podrás beber el elixir
cuantas veces quieras, y tomar, por diez días, la figura de mujer que te sea
más útil (siempre que sea diferente entre sí)... Tengo para mí, que vas a
disfrutar de lo lindo, y no te vas a aburrir lo que se dice nada, en varios
siglos vista.
La
Ondina dio dos volteretas en el agua. Era su máxima expresión de contento, ya
que su boca sólo tenía un grado de sonrisa.
-¡Rápido!- gritó. Y la superficie del Lago se
estremeció súbitamente, como bajo un vendaval-. ¡Rápido, dame ese bebedizo!
-Un
momento, hermosura-dijo el Trasgo-. Siento decírtelo, pero todo tiene sus
condiciones.
-Dime tus condiciones.
-Verás: en el transcurso de estas delicias,
podrás disfrutar de las caricias, besos y cuanto te plazca de cuantos mozos
tengas a bien. Pero... -y aquí, recalcó mucho sus palabras- siempre y cuando
persistas, una vez tras otra, en atraer a cierto hombre, que si bien en su día
será joven y tal vez hasta bello, con el tiempo se irá haciendo viejo y hasta
feo o repulsivo. Sólo así, bajo ese solemne juramento, te daré el bebedizo.
-Bueno
-dijo ella-, poco importa. Bien sabré consolarme con los otros, mientras la
raza humana exista y produzca tales deliciosas criaturas- y señaló el Jardín de
Mancebos Ahogados.
-Bien.
Voy a comunicar tu asentimiento a quien es pertinente- dijo el Trasgo. Y
dejándola muy ilusionada, regresó por donde había venido.
La
reina Ardid quedó muy complacida al saber esto. Sin embargo, dijo:
-Querido mío, ¿estás seguro de que Ondina no
se cansará de esperar el bebedizo prometido? Ten en cuenta que hasta que Gudú
esté en edad de poder apreciar sus encantos, han de pasar bastantes años.
-Ay, querida niña- dijo el Trasgo-, ¿qué son
unos cuantos años más o menos para quien vive inmerso en los siglos de los
siglos? Nada, querida niña, nada,
-Y bebió con fruición, no exenta de temblores,
un buen trago de cierto vinillo sonrosado que guardaba para las grandes
ocasiones. Pues el temor que le inspiraba la Vieja Dama sólo era comparable al
cariño que sentía por la Reina Ardid.
Ana María Matute, Olvidado Rey Gudú, 1996.
Parte II, capítulo 2.
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